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Locke

13/10/2014 1 comment

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Son las nueve de la noche y Ivan [aivan] Locke termina su turno de trabajo en una construcción de un edificio donde ligeramente podemos observar el hueco hecho para la cimentación de las columnas; está cansado y apenas puede dominar el volante; se ha cambiado las botas, el casco y dentro del carro se quita el chaleco reflectivo propios de la obra; maneja un BMW y tiene conectado su teléfono celular al volante para contestarlo en altavoz cómodamente, es decir, no es un obrero raso, su puesto es de jerarquía alta dentro de la edificación; llama a Bethan y le dice que pronto llegará, títulos y empieza la peli de Steven Knight.

¿Pero quién es Steven Knight? Knight es un escritor de la industria fílmica británica, nacido en Marlborough hace seis décadas, reconocido por los guiones de varias piezas cinematográficas como, por ejemplo, Eastern Promises, Dirty Pretty Things o la serie de TV, Peaky Blinders. Sin contar con Hummingbird con Jason Statham –estrenada también el año pasado– Locke es su debut como director.

Las críticas llaman la atención sobre el desempeño de Tom Hardy, y aunque estuvo nominado en los British Independent del año pasado, se quedan cortas frente al excelente trabajo del actor.

Locke tiene una pinta de cinta de «gangsters» –mayormente por el portafolio de Hardy– pero no es más que una «road-movie» desenvuelta en un sólo espacio explorando las tensiones, presiones y condenas de Ivan Locke en la víspera de uno de los mayores logros de su carrera como constructor. De principio a fin, se nota la transformación del actor tanto en su tono como en el desarrollo del personaje, que agobiado y algunas veces impotente, nos va contando sus preocupaciones, sus miedos y la razón de este largo viaje que emprende de noche hacia Londres.

Cercana a Devil (John Erick Dowdle) y a Buried (Rodrigo Cortés), Locke como decía desarrolla toda su trama en un sólo espacio. Mientras Devil tiene tomas en otros espacios por fuera del ascensor y Buried se desenvuelve estrictamente dentro del cajón que tiene enterrado a Ryan Reynolds, Locke es un punto medio entre las dos donde la cámara sale un par de veces afuera del carro y tiene otras tomas que dan contexto o refrescan en el montaje de la pieza. El encauzamiento de la historia se da de manera cautivante más por el trabajo de Tom Hardy que por la trama misma, sin embargo, el desenlace es inquietante y vale su espera a través de toda la peli.

Nymphomaniac: Volume II

[Continúa]
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Es preferible que si no han visto la primera parte de Nymphomaniac, no vean la segunda parte –mejor aún que ni siquiera lean esta entrada en absoluto–. A diferencia de muchas otras secuelas, Von Trier realmente pensó su pieza como un todo y no como un juego de volúmenes más fácilmente comerciable. Esto da pie para que la peli abra con una exculpación o un descargo de responsabilidad bastante peculiar que, por lo anteriormente explicado, puede ser tomado como una justificación comercial del distribuidor o una simple jugada de manipulación de Von Trier.

Joe (Charlotte Gainsbourg) nos ha venido relatando la historia de su vida, en un afán por confesar sus pecados y absolver sus culpas; Joe es una mujer entrada en sus cuarenta años que desde muy joven experimentó una vertiginosa serie de aventuras sexuales que profusas fueron desencadenando una patología y evidenciando un síndrome. La patología es la de convertirse en hipersexual y el síndrome el de la pérdida total de sus orgasmos.

El desenlace de la obra se autodivide también en tres capítulos “The Eastern and the Western Church (The Silent Duck)”, “The Mirror” y “The Gun”.

La trama continúa con el matrimonio en conflicto que sobrellevan Joe y Jerôme (Shia LaBeouf), quienes se definen enamorados, voraces en apetito sexual y embarazados de Marcel, un hijo completamente inesperado para Joe quien a su vez experimenta una insatisfacción sexual por la desconexión de sus órganos sexuales con su libido; Jerôme más que preocupado por la insatisfacción de su mujer le sugiere que busque experimentar con otros hombres que la ayuden en la búsqueda y consecución de esa satisfacción; de esa forma se topa con K (Jamie Bell), una especie de terapeuta conocido por sus tratamientos altamente violentos y de alguna forma juzgados como sadomasoquistas. K logra despertar sensaciones perdidas pero también su relación también destruye el matrimonio, el trabajo y el estatu quo de Joe, una metáfora del maltrato que también empieza a recibir su vagina.

La historia en este segundo volumen se desenvuelve hacia la madurez de Joe, define los antecedentes del callejón donde fue violentamente asaltada y donde subsecuentemente fue recogida por Seligman (Stellan Skarsgård). La historia no es tan apasionante y creativa como en el primer volumen y es consecuencia directa de la larga pausa en el entreacto –que tomó cerca de un mes–; ciertamente hay una pérdida en el ritmo de la narración –visual y textual–, y el mismo Von Trier es consciente cuando Seligman y sus pausas ya no son tan divertidos, expresamente identificado en una de las líneas de Joe cuando se refiere a los nudos de K, en una de sus sesiones; sea cual fuere la razón, agradecemos que de todas formas, de principio a fin, las figuras cinematográficas y literarias, que aparecen constantemente en el diálogo de Joe y Seligman, sean explicadas por el autor y no son parte de un discurso posterior e intelectualoide donde se descifra cada uno de sus semas bajo la interpretación personal. Es cierto, para mentes inexpertas e inocentes de filosofía, como la mía por ejemplo, la secuencia lacaniana que aleja el sexo de Joe de su éxtasis, pasa tan frugal e inadvertida, que tan sólo deja clara la genialidad de Lars Von Trier, demandante de un análisis mucho más profundo de cada una de las capas de su pieza y mucho más estudiado que el humilde punto de vista de un fanático del cine, como cualquiera de nosotros en el blog. Nosotros nos quedamos con un cierre de la pieza un tanto torpe pero con la aparición de L (Willem Dafoe) y la alegoría a la introducción de Antichrist cuando Marcel se asoma al balcón.

Lars con Trier es, sin duda, uno de esos pocos autores que permite referirnos a sus obras como piezas de arte; un arte moribundo, casi extinto, consecuencia de la feroz existencia y voraz competencia de Hollywood en nuestras carteleras. Nos permite además detenernos a estudiar muchas complejidades dentro de su discurso, algunas veces existencialista, otras veces dialéctico, fundamentalista y quien sabe que más corrientes filosóficas puedan ser exploradas en él. Nymphomaniac es una declaración de su insolente pensamiento, una demostración de que ser denominado persona non grata es tan sólo una vía para desencadenar una serie de imágenes provocativas y alucinantes como combustible y disparador de su intelecto.

Snowpiercer

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Si hay algo impresionante en esta cinta de Bong Joon-ho es el maquillaje y la dirección de arte. El coreano a quien conocemos por Tokio! y Madeo se tomó muy en serio este ítem en su primer paso hacia la industria hollywoodense. El destellante reparto liderado por Chris Evans, Jamie Bell, Tilda Swinton, John Hurt, Ed Harris, Octavia Spencer, Song Kang-ho, Ko Ah-sung, Ewen Bremner y la fugaz Alison Pill aparecen en pantalla completamente irreconocibles gracias al excelente trabajo de Gabriela Polakova como maquilladora y las adiciones protésicas de Matthew Smith.

Snowpiercer es una historia de ciencia ficción a bordo de un colosal tren que en un ininterrumpido viaje atraviesa al mundo, constantemente, todos los años. Su misión cinética es no permitir que sus tripulantes se congelen; décadas atrás, infructuosos intentos de la humanidad por detener el calentamiento global trajeron un perpetuo invierno que prácticamente acabó con la población, restando sólo los pasajeros del «Snowpiercer» como cariñosamente llamaron la bestia creada por Wilford, Ed Harris; Wilford había previsto el congelamiento de la Tierra y se había apresurado a construir un tren que en medio de su movimiento permitiera un espacio de albergue y amparo.

Pero no todo es color de rosas dentro del tren. Wilford en su idealización también diseñó clases sociales y zonas estratificadas para esas clases sociales dentro del tren lo que genera múltiples contradicciones en su discurso liberador. La perspectiva de Joon-ho se ve desde el punto de vista de los más marginados que están sometidos a todos los vejámenes imaginados como rendirse a tener que entregar sus hijos a cierta edad para la explotación del tren o la invariable rutina de comer diariamente proteínas prefabricadas en una desagradable presentación gelatinosa. Esto conlleva a la muchedumbre a sublevarse y tratar de tomar las riendas del tren para tratar de sobrevivir donde antes muchos estérilmente fallaron.

Snowpiercer está basada en una novela francesa llamada Le Transperceneige de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette, y aunque no podemos determinar la fidelidad a la fuente, se siente un ritmo narrativo literario bastante consistente pero también un poco desnaturalizado del formato cinematográfico. Los capítulos son extensos, cíclicos y muy descriptivos; la revolución de Curtis toma demasiado tiempo antes de que llegue a algún término y mientras en algunos tramos es dinámica y coherente, estaciones pausadas para comer sushi simplemente hacen el montaje irrelevante.

Recién hablábamos del desempeño de Ed Harris en Sweetwater, que sin ser mediocre si fue muy pobre; en Snowpiercer, Harris se encuentra en su método, en su zona de confort, definiendo un personaje aristocrático, autoritario y con agendas oscuras en sus planes. Harris logra salvarse de Sweetwater con este papel, sobre todo halado por las sendas presentaciones de John Hurt, Ewen Bremmer y Tilda Swinton que no falla: qué señora actriz. El libreto se queda corto no en desarrollo, sino en mejores desenlaces para algunos personajes y se nota en los vacíos que dejan sus ausencias a medida que avanzan en el tren; Snowpiercer adolece de un exceso de puntos focales y un sólo receptor, como lo es Chris Evans que, personalmente, siento le queda grande el papel.

Veremos qué sucede con la escena coreana en Hollywood. Snowpiercer resultó ser muy promedio a pesar de las grandes expectativas y de los geniales aportes visuales. En este duelo, Park Chan-wook con Stoker sigue liderando su paso al cine occidental por sobre Bong Joon-ho y The Last Stand respectivo debut de Kim Jee-woon.

Labor Day

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Hace no mucho estuvo en cartelera la última pieza de Jason Reitman. No tuvo buena crítica, ni tampoco buena taquilla pero era una peli de Jason Reitman y estos dos factores generalmente no van acompañados en los calificativos de sus producciones; para la muestra falta sólo tener en cuenta la excelente Young Adult.

La historia de un convicto refugiado en un hogar quebrado, donde una mujer trata de reponerse de su fallido matrimonio y su hijo ansía la figura patena que nunca tuvo trae a colación muchas historias que ya hemos visto en Hollywood –por ejemplo A Perfect World de Clint Eastwood que siempre consigue conmoverme hasta las lágrimas en esa última escena de Kevin Costner, con los dólares en el aire, la máscara de Casparín y el águila sobrevolando la escena–.

Son atractivos para el proyecto, Josh Brolin y Kate Winslet que despliegan un buen desempeño en sus papeles –en realidad, es más atractiva ella que él, recordemos los terribles desaciertos de Brolin en Oldboy, Gangster Squad o incluso más atrás en Jonah Hex). La cinta parece interesante pero no logra trascender mucho más que todos sus esfuerzos juntos; y es precisamente eso, música, cinematografía y reparto desarrollan bien la historia y alcanzan un buen montaje pero se siente un esfuerzo sofocante, como que nos hace falta algo más, como que no nos alcanza a convencer y cuando mejor se va poniendo todo la trillada manipulación del guión realmente nos sorprende porque el director nos tiene acostumbrados a mejores, mucho mejores, desenlaces.

La peli no es mala. Y si no la vieron en salas vale la pena buscarla y pasar el rato dominguero al calor de este romance que se desenvuelve de nuevo en el Síndrome de Estocolmo como parte de su giro narrativo.

Sweetwater

03/05/2014 1 comment

sweetwater

Sweetwater de Logan Miller es una triste historia donde participan January Jones (First Class ), Ed Harris (Game Change), Eduardo Noriega (The Last Stand) y Jason Isaacs (Harry Potter) como antagónico; triste no porque la historia nos conmueva sino porque este reparto se diluye en una pésima narrativa, cercana al pulp donde nada sobresale o se hace interesante.

Salvo los desnudos de la hermosa January Jones todo parece muy predecible; ni siquiera el record que tiene Isaacs como uno de los más malvados de la industria logra capturarnos en el acto.

Hace rato no escribía. Casi como un mes, desde el FICBAQ. Pero es que tampoco había sucedido nada interesante y motivador para hacerlo. Sweetwater no parece un buen inicio tampoco pero nos permite entrar en calor para volver al ritmo acostumbrado.

La jaula de Oro en @FICBAQ

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Dentro del Festival Internacional de Cine de Barranquilla (FICBAQ) hubo dos constantes importantes que para nosotros definieron el carácter del festival en si. Por un lado, hubo gran número de piezas denunciando el racismo de los locales (llámense paraguayos, bolivianos, argentinos o colombianos); algunos decidieron optar por desarrollar su denuncia como un cortometraje, unos cuantos como un documental, otros como eje de un largo argumental de ficción y otros decidieron incluirlo como un detalle secundario que contextualizaba su relato; pero en todos lo que se evidenciaba es que nuestra sociedad es altamente intolerante y poco incluyente con personas de diferentes etnias, pero sobre todo, casi que la regla era el maltrato consistente al indígena que recibía descargas peyorativas y rechazo violento. Por otro lado, los niños son protagonistas de la mayoría de las piezas; indomables, creativos, consentidos, echados a perder, lúdicos, sencillos, nobles y hasta necios y desjuiciados; era como un llamado a las nuevas generaciones a comerse este mundo lleno de retos y aventuras.

La jaula de Oro, del español Diego Quemada-Díez, venía con un gran favoritismo por los reconocimientos alcanzados en Lima, La Habana, Mar del Plata, San Pablo, Zúrich y Cannes (nominada a mejor peli de Una Cierta Mirada y ganadora de mejor talento por su equipo en la misma categoría). Esto levantó muchas expectativas, que a la postre tanto crítica como público vieron colmadas en sus proyecciones.

Su historia es una historia que le pertenece a miles y miles de personas reales que desde Guatemala (y cualquier país de Latinoamérica) empiezan su larga odisea para atravesar El Hueco en la frontera con Estados Unidos en México. Su proyecto nació con una documentación profunda de varios años de investigación; Quemada-Díez es español, pero se transladó a Guatemala, más específicamente a la Zona 3, a investigar una y mil historias de personas que trataron de salir de las dificultades, la falta de oportunidades y la extrema pobreza en busca de La Jaula de Oro, término acotado para definir lo que ahora es el sueño americano, una cárcel más lujosa que nos permite trabajar y ganar buen dinero pero al final una cárcel más.

A Quemada-Díez, le pasó lo mismo que a Tito Molina (Silencio en la Tierra de los Sueños), su investigación que era un documental, se fue volviendo un largometraje de ficción porque eso le permitía recoger varios testimonios en un sólo juego de personajes y encauzarlos hacia donde él quería.

La trama empieza con tres jóvenes que parten de Guatemala para coger el tren que los lleve a México; ellos son Sara (Karen Martínez), Juan (Brandon López) y Samuel (Carlos Chajón) pero al llegar a la frontera con México se les junta Chauk (Rodolfo Domínguez), un indígena guatemalteco que quiere ver la nieve caer. Este es un punto muy bonito en la historia porque mientras el resto de personas parece huir del país a buscar un mejor futuro, Chauk está enteramente conectado con su entorno y quiere ver qué más posibilidades más allá de su propio contexto.

La jaula de Oro es rica en detalles y rica en historias; tal vez esa sea su gran debilidad; el escritor y realizador, Diego Quemada-Díez es tan juicioso en su investigación que cuando lo vuelve una narración se pierde completamente; es interesante como a medida que avanzan ya no son cuatro sino miles pero también a medida que avanzan ese núcleo también se va diluyendo, unas veces muy bien como cuando en la frontera se queda Samuel, otras veces no tan bien dejando temas muy abiertos que pierden la atención del espectador en otros lados más interesantes que el eje de la historia; lo peor es que no han siquiera atravesado la frontera con México, cuando ya han pasado dos tercios de la proyección y en un resumen que Juan hace en un mapa aún les falta atravesar todo México, La Frontera y llegar a Los Ángeles; es muy loco porque todo empieza a tomar una velocidad vertiginosa, los hechos importantes empiezan a suceder en un abrir y cerrar de ojos y el desenlace que debía ser algo más elaborado termina siendo una gran atropello.

La cinta no es mala pero no es la mejor del festival. La investigación de Quemada-Díez se nota en cada aspecto del arte, su historia es conmovedora y sus actuaciones, con actores naturales, son soberbias pero su narración deja mucho que desear. Otros aspectos deslucen de la producción que siendo la más alta, de lejos, en todo el festival es la que más flaquea en fotografía, montaje y sonido.

Fue muy interesante verla y escuchar las intenciones del realizador después de la proyección; esto sólo gracias a FICBAQ que fue muy cordial en invitarnos.

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Silencio en la Tierra de los Sueños en @FICBAQ

30/03/2014 2 comments

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Tito Molina participa en el FICBAQ con una exhaustiva y minuciosa historia sobre una viuda en su diario vivir en Silencio en la Tierra de los Sueños. Molina, originario de Ecuador, logra una alianza con la productora alemana Weydemann Bros. y desarrolla un falso documental sobre esta mujer y su reciente difunto esposo.

El director y escritor, en un conversatorio al final de la cinta, nos explica que la actriz principal, Bertha Naranjo, es en realidad su madre y que de hecho la pieza comenzó en serio con la documentación de la muerte de su padre y de cómo ella lo iba asimilando; una cosa llevó a la otra y las figuras literarias, de ficción y de narrativa se fueron apropiando del guión y después de un extenso trabajo de producción, que se extendió a 18 meses de filmación, Silencio en la Tierra de los Sueños terminó volviéndose un argumental sobre la viuda, su vida en algún lugar recóndito de Ecuador y ese perro que la empieza a acompañar llenando el vacío de su eterno compañero. Molina nos presenta una pieza de profunda influencia escandinava, casi de neoexpresionismo alemán y nos fascina con su «larghetto».

La peli concursa en la categoría mejor producción iberoamericana y es una de las favoritas, gracias a su carismático tema y su absurdamente hermosa fotografía. Molina advertía que esta no era una cinta como otras, que había que dejarse llevar por la contemplación y la sensibilidad de las escenas para encontrarle ese verdadero ritmo que la hace un relato cinematográfico; sin embargo, ¿no es esta la función y nuestra búsqueda en cualquier cinta independiente? En lo particular, el requerimiento del director es un pleonasmo en un festival de cine independiente.

Por muy bonita que sea una fotografía, o muy conmovedora que sea una historia, se necesita mucho más que eso para ser una buena pieza cinematográfica; Tito Molina nos revela que Silencio en la Tierra de los Sueños fue compuesta como una sinfonía, y que de hecho en sus actos podemos encontrar, andantes, adagios y allegros narrativos lo que reafirma que el acto contemplativo que cumple el espectador no es para una pieza del séptimo arte sino, de pronto, una musical o mejor una plástica; no está mal en absoluto, es una experiencia y un experimento excelente pero de nuevo se autoaisla de las categorías en las que participa y se vuelve otra cosa. No obstante usando las mismas herramientas que nos ofrece el artista, Silencio en la Tierra de los Sueños no tiene retardantes (rallentando) o aceleradores (stringendo) de movimiento en movimiento; no es tan claro como la pieza está dividida en los andantes, adagios y allegrettos que se nos describen, a menos que sea una división increíblemente grande que da como resultado un también increíble número de pedacitos en la obra; la pieza parece ser más un gran y extenso larguetto con chispazos de andantes moderatos (soy cero especilista en el tema, y así suene como a Marcos Mundstock de Les Luthiers, todo es sacado de Wikipedia en su aparte explicativo al tempo en la música).

Así lo afirme Molina, su peli carece de los actos básicos definidos –en cualquiera que sea su orden– y más bien se asemeja a una gran y hermosa sonorización que mezcla y translapa un inicio, un planteamiento y un desenlace; más allá de las figuras cinematográficas, literarias, o musicales que su director quiso implementar, los semas se quedan cortos en la expresión de su pieza y sólo son explicados con las aclaraciones posteriores del realizador, lo cual desluce la naturaleza de la pieza donde usualmente no tenemos al creador para explicarnos sus intenciones, así estas sean reveladoras y abrumadoras.

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