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Archive for September, 2013

Life in a Day

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Life in a Day es un proyecto dirigido por Kevin Macdonald (The Last King of Scotland, Marley) producido por Ridley y Tony Scott (ScottFree) bajo una invitación abierta hecha en YouTube a principios de 2010.

Las reglas de juego era grabar los momentos acontecidos durante el siguiente 24 de julio y responder a unas sencillas preguntas propuestas por el realizador y los productores de la pieza. Al final, hubo 4.500 horas de archivo de video cuyo origen eran 192 países y más de 80.000 aplicantes.

La obra la observamos con detenimiento con Roxana Martínez en Netflix y mientras ella pensaba que el proyecto era aburrido, a mi me enloqueció la sensación de estar escuchando una bestia de mil cabezas que hablaban al unísono. Es cierto, el ritmo percutivo y progresivo de la cinta banaliza muchas de las situaciones pero también permite que aparezcan pequeñas tonalidades que florecen en el momento indicado.

Si sólo el material es interesante per sé, describiendo la voz de la humanidad sobre unas preguntas sencillas como qué desayunas, qué amas o a qué le tienes miedo, la totalidad de la pieza se vuelve aún más impresionante cuando se trata de hilar esas voces con algo de armonía por algo más de una hora y media. El aburrimiento puede proceder del hecho que la peli no ofrece nada distinto a la unión convencional de una serie de videos concatenados -que podría decirse son los mejores dentro de los escogidos pero sencillamente fueron los que mejor le funcionaron a la producción para su cometido- y que precisamente atacan la atención del espectador con un ritmo apabullante o abrumador; lo interesante es encontrar esa melodía, esa estética básica de cada cultura del mundo -o por lo menos aquellos que tuvieron acceso a una cámara, a YouTube y pasaron el filtro de los productores- que aportan caras reconocibles dentro de este gran coro de voces.

En ciertos momentos, abstrayendo la forma de la pieza, se pueden experimentar escalofríos de sentir precisamente eso, que la humanidad está hablando, que se manifiesta, no de una forma natural sino como cuando a veces bíblicamente el diablo se refiere en primera persona del plural y afirma que «somos legión». Una sensación increíblemente conmovedora aparte claro está de las particularidades de ciertos discursos que sobresalen porque están llenos de drama, emotividad, melodramas sobreactuados o a veces mucho dolor.

Kevin Macdonald tiene un talento increíble en la factura de sus documentales pero creo que aparte de lo grande de la convocatoria, de la riqueza del material recibido o el mismo ingenio del autor para crear la historia, este es un ejemplo de un gran y épico montaje. El responsable es el editor Joe Walker que emprendió una empresa TI-TÁ-NI-CA al tratar de darle forma a todo el archivo y, por lo menos dar la sensación, que los más de 80.000 aplicantes tuvieron un segundo y una oportunidad de comunicarle al mundo algo.

A veces es una lástima que la fragmentación de la obra nos muestra unos cortos increíbles que pudiéramos o quisiéramos ver con más profundidad pero el formato no lo permitió. Al igual que se afirma que somos fenotípicamente tan diferentes que al final somos iguales, Macdonald, ScottFree y Walker con su pieza afirman lo mismo pero en un acorde de miles y miles de personas compartiendo su cotidianidad.

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Antiviral

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En 2012, el hijo del Duque del Gore presenta su primera apuesta cinematográfica y lo hace como alguien que pertenece a la elite y a sus títulos, nada más y nada menos que en Toronto y Cannes, donde finalmente fue nominado en la categoría de Un certain regard. Brandon, el hijo de David Cronenberg, es el realizador de Antiviral, una pieza cercana al horror y al gore que tanto fascinaron al padre y que de alguna forma lo hicieron famoso.

Centrados en un futuro distópico, Cronenberg narra la historia de un agente comercial en una empresa llamada Lucas Clinic que se encarga de vender virus de celebridades a fanáticos que están dispuestos a inyectárselos interesados en vivir sus enfermedades como parte de una conexión con sus ídolos. Este vendedor, interpretado por Caleb Landry Jones, logra tener altos índices de ventas y su avaricia lo lleva a traficar los virus fuera de la empresa a través de su propio torrente sanguíneo. Jones en una plataforma robada de la clínica saca las traficadas cepas y las vende a un tercero que en un escalonado absurdo las desarrolla como proteína en forma de carne para consumo humano en un restaurante.

El conflicto comienza cuando al extraer un virus de Hannah Geist (Sarah Gadon), este reacciona de forma inadecuada y empieza a consumir su cuerpo. Jones descubre una conspiración que ha tratado de mantener oculta la situación de Geist con noticias inconexas a la prensa amarillista para perpetruar el mito de su persona y subir el precio del virus que se concentra en el mercado negro como una joya. De allí al desenlace la historia se queda corta en muchas posibilidades para desarrollar la trama. Personalmente, siento que el director escogió el melodrama como su peor salida escapatoria.

Sin duda Antiviral es una pieza de buena factura. Un thriller de ciencia ficción que plantea una inquietud, un tanto inverosímil, sobre la comercialización biológica de contaminantes emotivos pero que a la larga siendo la primera pieza y el primer guión del realizador es digno de alabanza. Por otro lado, es clara la influencia de David Cronenberg en la cinta en sus gustos virulentos, secrecionales y patológicos; dicha relación es cercana a eXistenZ y Naked Lunch, pero mucho más gore y con una pequeña salida hiperhigiénica en la escenografía y cinematografía de Antiviral, que sería más que inusual en cualquiera de las pelis del padre. Sin embargo -y parafraseando a Cronenberg en The Fly a través de los diálogos de Seth Brundle– pareciera que la retroalimentación que tuvo Brandon del material y herencia de su padre fue asimilada sintéticamente; el paso de la carne por el telepodo que instaló Brandon en Antiviral sabe a plástico, no ha codificado aún la naturaleza de lo que está manipulando.

Hay muchos temas por corregir en la labor de Brandon Cronenberg como director. La principal es su dirección de actores. Acometiendo un punto tan alto en la producción de Antiviral es realmente triste como Caleb Landry Jones no fue dirigido en absoluto y sus constantes sobreactuaciones terminaron por hacer insostenible su credibilidad en el papel. Otros temas como la pérdida de ritmo en la narración con demasiadas situaciones inconexas pueden llegar a corregirse con el paso del ejercicio pero el tono teatral de los personajes puede convertirse en un pantano esnobista del que el mismo David Cronenberg esta siendo víctima en sus últimas piezas -como por ejemplo Cosmopolis-. Debo reconocer que Karim Hussain como director de fotografía logró poner una rúbrica importante que determina un estilo, aún difícil de definir como propio, pero por lo menos si claro de aquí en adelante en la carrera de Brandon y si algo debe aprender del Duque es a armar un equipo de gente inquieta, creativa y muy talentosa.

Marley

26/09/2013 1 comment

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Marley de Kevin Macdonald es uno de los mejores documentales musicales que he visto hasta ahora y además de impecable factura; y si, recuerden que ya habíamos revisado Searching for Sugar Man, también de 2012.

Macdonald rompe el estrellato con The Last King of Scotland, precedido de una docena de documentales realizados para la pantalla grande y la TV, en formato de cortometrajes y largometrajes. Sin embargo, la historia de Idi Amin logra megaproporciones cuando es nominada (y gana) mejor actor principal para Forest Whitaker en los Oscar de La Academia, además de seis BAFTA’s (tres de ellos escoceses), un Globo y dos British Independent. Hubiéramos pensado que Macdonald haría un cambio en su profesión y se dedicaría a los argumentales pero contrario a eso, logró un balance interesante realizando dos largos más y tres piezas documentales; entre ellas, su más reciente Marley.

En una vía opuesta a Malik Bendjelloul que optó por una fórmula de explotación en su forma de hacer Searching for Sugar Man y ganó casi todo lo posible en ese año, Kevin Macdonald toma una figura icónica como Bob Marley y se sienta a investigar su perfil como un verdadero documentalista; esto lo entenderemos más a fondo cuando repasemos pronto Life in a Day, otro documental del escocés.

Marley nació como Nesta Robert Marley en las colinas de Santa Ana en una población rural de Jamaica en 1945. Hijo de un colono blanco y una corpulenta nativa, el pequeño Bob fue menospreciado por los demás niños por ser mestizo; esto determinó una personalidad callada, introvertida y tímida que se volvió un plus muy atractivo para las mujeres que lo seguían en sus años como estrella. Dos objetivos interesantes se despliegan de este planteamiento en la pieza (A) Bob Marley no fue un dios, sino más bien un prolífico artista con una profunda debilidad por las mujeres que lo acediaban y (B) fue un negro capaz de darle la vuelta al apellido Marley naturalmente comprendido como de origen caucásico pero que gracias al cantante y su prole se le considera ahora legendario y afrodescendiente.

A muy temprana edad Marley empieza a interpretar y a digerir ritmos folclóricos de Jamaica como la soka, el calipso y el ska; hasta que llegados sus 16 años logra el tono indicado y graba el sencillo ‘Judge Not‘; ‘Simmer Down‘ es otro ejercicio de Marley con relativo éxito comercial pero se da cuenta que el ska que se exhibe en esas canciones es más cercano a la fiesta y él busca algo más trascendental; la ausencia de una figura paterna en la vida de Marley da cabida para que adopte a Haile Selassie (líder etipe) como modelo, incluso profeta y deidad; proclama el Jah y la religión Rastafari como suyas mientras la solución musical la encuentra en Bunny Livingston y Peter Tosh, con los que forma ‘The Wailers‘. De ahí en adelante, el documental se encarga con elocuencia de fascinarnos con los orígenes del «reggae» extraídos del soul de Estados Unidos mezclado con las antillanas raíces jamaiquinas.

Es posible que la inflexión de la narración cambie un poco, y lo que antes nos fascinó ahora sólo es una retaila de detalles y anécdotas de su estrellato pero es cierto que si se quiere hablar de Marley hay mucho de donde recortar y Macdonald logra un montaje siempre interesante y cautivante, dejando siempre claro que su gran clave del éxito deviene precisamente de su lucha contra las circunstancias en las que le tocó sobrevivir.

Dos brazos políticos se desarrollaron en Jamaica, el JLP y el PLP; casi como el negro y el blanco, el uno se odiaba con el otro y Marley en una posición más mística disentía de ambos poderes. Su posición neutral se vio como una amenaza, y sin decir de quién fue la autoría, una caravana del cantante fue víctima de un atentado con armas de fuego que logró herir a Bob pero dejarlo ileso de cualquier daño. El cantante lo tomó como un acto divino y dijo abiertamente que no estaba de acuerdo con las peleas entre hermanos, abandonó el país y se radicó en Londres donde finalmente desarrollaría su sonido -ya sin Bunny y sin Peter Tosh-. Le gustaba bailar, saltar y jugar fútbol; mantenía un cuerpo atlético y una alimentación sana a base de tés y comida natural; su única falencia en salud, se dio a causa de un accidental pisotón de un compañero con unos guayos; Marley se hizo revisar el pie y descubrieron tangencialmente un melanoma. Los diagnósticos eran mixtos. Se sabía que era un cáncer maligno y que algo debía hacerse; le recomendaron ir a Miami para un proceso de desarticulación de la cadera y amputación de la pierna afectada; otros aconsejaron amputar desde la espinilla para abajo; pero finalmente, aquel que sugirió una extracción parcial en el tobillo fue el escuchado. Años más tarde, con 36 años cumplidos, la pobre intervención de este mal se le extendió por todo su cuerpo llegando a órganos vitales y donde la quimio no tenía ya razón de ser. Suponemos que las grandes dosis de marihuana calmaban el profundo dolor de un cuerpo invadido por el cáncer pero lo que no se aclara es porqué no se trató esta maligna enfermedad como debió haber sido después de que fue advertida grave y letal.

El documental y la narrativa de Kevin Macdonald son hermosas. Una pieza increíblemente conmovedora así como rica y atractiva para cualquier melómano. Lo más interesante es la inquietante figura de Bob Marley que permanece como un profundo enigma al no poder definirlo como una figura paternal o como un empedernido conquistador, con más de siete cónyuges mujeres y alrededor de quince hijos reconocidos; como el resultado de un mestizaje entre blancos y negros, oponiéndose radicalmente a cualquier actitud radical social o política; conducido por su profunda creencia religiosa rastafari pero abandonando el hogar de sus hijos –Cedella y Ziggy– y doblegándose finalmente ante el tratamiento de una quimioterapia en las hélidas tierras alemanas cortando sus dreadlocks símbolos de su religiosidad y pureza.

Marley de Kevin Macdonald se encuentra en este momento en el portafolio de Netflix.

Teddy Bear

25/09/2013 1 comment

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Hace poco habilitaron en TV por cable un canal que llevaba esperando mucho tiempo, el Sundance Channel; tenía curiosidad que podían pasar en su programación o cuáles pelis podían rotar en una estación oficial de un festival. Aunque no es un canal de alta definición las sorpresas empezaron a aparecer de inmediato lo empecé a seguir. La primera peli que me atrapó fue Teddy Bear de Mads Matthiesen, ganadora a mejor dirección drama del mundo en Sundance del 2012.

Para los amantes del cine independiente, Teddy Bear es espectacular.

Kim Kold interpreta a Dennis, un fisicoculturista danés que rodea los 38 años de edad y aún vive con su madre, la actriz Elsebeth Steentoft. Dennis en realidad es un niño grande, tímido, poco sociable pero quiere mejorar su situación, quiere tener alguien a su lado que no sea su madre. Gracias al consejo de un tío, viaja a Tailandia y empieza su aventura en busca de la mujer que esté dispuesta a escucharlo y quererlo. No quiere una prostituta pero tampoco quiere un reemplazo maternal, la poca sociabilidad serán una traba en su comunicación y con Dennis pasaremos más de un momento incómodo en Pattaya, ciudad costera de Tailandia a donde finalmente arriba.

Una historia sencilla, sin pretenciones o falsas aspiraciones. Un drama directo escrito por el mismo realizador y actuado con actores naturales – a excepción de Elsebeth Steentoft-, con una gran dirección y un montaje delicado que logran el cometido del desarrollo de los personajes casi que de forma impecable.

Teddy Bear la están rotando frecuentemente en Sundance Channel, con SAP habilitado.

We’re the Millers

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Una de las causales para que Jason Sudeikis saliera de SNL en la última temporada es que al igual que Will Ferrell, Tina Fey, Bill Hader o Kristen Wigg, se le empezó a cruzar mal su carrera en el cine y no podía manejar los dos ambientes. Bill Murray, Dan Aykroyd, Eddy Murphy, Robert Downey Jr. y Adam Sandler pasaron por lo mismo y al final lo que demuestra es que es una fase a la cual debemos acostumbrarnos con todos aquellos tan talentosos que dejan una huella en el programa y después vuelan. Es más Sudeikis es uno de los que más se había demorado en dar el paso, con casi 10 años al aire en SNL y haber participado en 168 capítulos.

Pero más allá de la preocupación del futuro inmediato de Saturday Night Live, Sudeikis parece haber tomado la decisión en el momento indicado; después de haber participado en más de 17 proyectos cinematográficos, en paralelo a su carrera de TV, Sudeikis sale a apoyar ciento por ciento We’re the Millers de Rawson Marshall Thurber y logra ya una cifra increíble de 138 millones de dólares domésticos -mientras redondea los 200 en el mundo-.

We’re the Millers es una road-movie que trata sobre un expendedor de marihuana que vive relajado y tranquilo; su bajo perfil lo mantiene alejado de mayores dolores de cabeza y con una clientela satisfecha por la buena calidad de la mercancía que les provee; prácticamente inofensivo en todo sentido pero su vida da un giro cuando es asaltado y es despojado de todos sus ahorros y abastecimiento. Decide tomar una decisión radical para salir del problema y es pasar al siguiente nivel: el de traficante.

Alquila una casa rodante y arma una familia ficticia con una estríper, un niño-joven abandonado en su edificio y una adolescente de la calle para atravesar la frontera; con esta fachada podrá traer una pequeña cantidad de mercancía de vuelta a casa sin levantar sospechas, con lo suficiente para pagar sus deudas y quedarse con algo de excedente. Hay muchas referencias que hacen graciosa toda la situación, desde el capítulo de Third Rock From The Sun donde los alienígenas quieren hacerse pasar por “normales” hasta la muy reciente y en boga Breaking Bad donde el personaje ordinario se apropia de la situación y resurge el capo escondido pero en general el carisma del equipo es suficiente para disfrutar muchas situaciones subidas de tono o ridículamente graciosas; la situación se sale de sus manos cuando lo que tenían que atravesar de la frontera no eran unos paqueticos de marihuana y lo que reciben en cambio es un gran cargamento de la hierba.

We’re the Millers es una muy buena excusa para ir a cine y un gran salto en la carrera de Sudeikis en su faceta cinematográfica.

Only God Forgives

19/09/2013 3 comments

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En principio, Only God Forgives se presenta como una cinta pretenciosa e intelectualoide, llena de innumerables pistas para determinar el significado de su trama, sus personajes y su objetivo. Pero la última peli del danés Nicolas Winding Refn es menos presumida de lo que parece, tan sólo hay que conocer un poco la superficie de su portafolio y ella misma se deja descifrar fácilmente.

Refn tiene una fascinación por la determinación del héroe en un relato fantástico; sus tramas tienen un protagonista principal que se desenvuelve en un argumento épico casi de manera consistente en todas las piezas que hemos revisado de él (Pusher I, II, III, Bronson, Valhalla Rising, Drive). El llamado inicial en esta peli es el título y nos vincula de golpe a un plano teológico “sólo dios perdona” pero antes de nombrar al supuesto dios, Refn define su antagónico, el diablo, abriéndole un preludio con una línea de uno de sus personajes clave “…es hora de conocer al diablo“. Vithaya Pansringarm interpreta a Chang, un ex-policía que se ha convertido en un padrino local en Tailandia y rige con el filo de su espada el orden que necesita el caos para desarrollarse. Frente a Chang, que es patrono de prostíbulos, cuadriláteros, casas de apuestas y cuanto escondrijo exista, se atraviesan un par de hermanos narcotraficantes. Su punzante juicio cae sobre Billy (Tom Burke) no porque ose trabajar en sus territorios sin permiso sino porque su exceso con una prostituta desata un tipo de anarquía que debe ser obligada a replegarse para mantener el estatu quo. Julian, el otro hermano interpretado por Ryan Gosling, entra en una dualidad moral al tener que determinar si mata al verdugo de su hermano o si lo perdona por los actos indignos que justificaron su muerte.

Los colores en la cinta se manifiestan de forma maniquea y por eso de pronto me parece tan especial el afiche de esta entrada; el rojo define al diablo que es hombre, es padre, es paternalista, es moderado, cauto, racional y letal cuando cuida a sus hijos, no permite que otros hagan su trabajo, es responsable y cuidadoso; dios por el contrario es mujer, es madre, es emocional, manipuladora, letal y vengativa por instinto, se mantiene enterada de todo pero apartada, silente, su trabajo es desarrollado por terceros y además es azul. Sabemos exactamente en qué parte estamos porque con este cromatismo nos desplazamos geográficamente del cielo al infierno, sabemos quién domina sus alrededores, quién es diligente en su zona y cómo se siente incómodo cuando se encuentra fuera de su contexto.

Pero no estaríamos hablando de una peli de Nicolas Winding Refn si todo se limitara a una explicación maniqueista de la vida porque el nórdico nos ha enseñado que nadie es bueno o malo per sé. Su juego teológico parece más cercano al que se define en la Grecia antigua donde las deidades tenían personalidades, sentimientos y sufrían por los hombres en la tierra; su posición en el Olimpo no impedía que fueran erráticos y que pagasen por las consecuencias de sus acciones. En alguna entrevista de Cannes, Refn definía la cinta como la historia de un hombre que se cree dios -refiriéndose en teoría al personaje de Pansringarm– y otro que lo quiere matar. En el desarrollo mismo de los perfiles, se va ahondando en cada uno de uno de ellos, explorando sus emociones y su contexto; las luces ya no son arbitrariamente de un sólo tono sino que se van mezclando y van surgiendo nuevas gamas, nuevas texturas.

En Only God Forgives se nos presenta toda una cosmogonía de facto en la relación de los personajes, una guerra de ángeles contra demonios, una arena de hombres y mujeres, una confrontación de divinidades. Pero si se lo piensa bien, la cinta es un «western» clásico, el protagonista debe cumplir una gesta hasta alcanzar el culmen de su epopeya y es cuando se encuentra frente a frente con su enemigo mortal, en un duelo que sólo ellos dos pueden definir. Julian aparece en escena como un semidiós, el hijo de un dios con un mortal, pero ¿cómo un ser insignificante para una deidad puede doblegarla? Ese es el quid del asunto en esta pieza de Refn.

La pieza padece de una narración inconexa, muy raro en Refn que es tan delicado en el quehacer de su filigrana. Pero no se puede desacreditar de golpe a la cinta como lo ha venido haciendo la crítica internacional, en parte por la exquisita cinematografía de Larry Smith -que ya había trabajado con el director en Bronson y que en la pieza se vuelve minuciosa y muy descriptiva; como lo decíamos antes, es gracias a la fotografía que uno se ubica geográficamente- y de nuevo la genialidad de Cliff Martinez -un tanto más ambiental y, por lo mismo, más étnico para establecer la obra en un ambiente oriental-. Sin embargo, si existe un desbalance y pareciera venir del lado de donde Winding Refn se siente más cómodo, el liderazgo de su pieza principal. Con su paso por las pelis en Hollywood, Ryan Gosling se ha vuelto inconsistente; piezas como Crazy, Stupid, Love o Gangster Squad demostraron que el niño prodigio no siempre tiene un as bajo la manga y que puede estar exhausto del ritmo de casi una decena de pelis en menos de tres años -unas muy buenas, otras realmente patéticas-. En Only God Forgives, se entiende que es el hijo menospreciado de su madre (una increíble y casi irreconocible Kristin Scott Thomas) pero sus primeras escenas parecen un ridículo de si mismo; una falsa seriedad, una mueca de sonrisa que se le sale del gesto cuando en realidad debería estar perplejo y al final una clara falencia de credibilidad en su desempeño; Gosling no descifró, o no quiso descifrar, el rol de Julian y presentó una acartonada versión del piloto de Drive, dañando el promedio de la pieza y dejando sin piso a su director.

La cinta se hace peculiar en una particularidad que no había notado sino hasta ahora. Nicolas Winding Refn sabemos que explota temáticas marginales, personajes que son definidos como antihéroes y sus tramas de alguna forma son anacrónicas pero en el giro de la moneda también están centradas en una vendimia ochentera narrando historias típicas de bajo presupuesto. Refn ha explorado lo urbano de Copenhague, las veredas mitológicas nórdica cercanas al Valhalla, las cárceles británicas, el mundo de los dobles de riesgo en Hollywood y ahora una pequeña particularidad del folclor tailandés. ¿Será posible que Refn adapte su estética y sus temáticas al entorno en el que se desarrollan? ¿Será posible que esta Only God Forgives esté más cerca de lo que aparenta a Loong Boonmee raleuk chat pieza realizada por Apichatpong Weerasethakul (El hombre que recordaba sus vidas pasadas), que se vuelve icónica en Tailandia como el resurgimiento de su cinematografía gracias a la Palma de Oro alcanzada por su director un par de años atrás?

De pronto es hilar demasiado fino…

Batoru rowaiaru

18/09/2013 1 comment

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En principio, la trama de Batoru rowaiaru (Battle Royale) se acerca a The Condemned con Steve Austin (2007), The Running Man con Arnold Schwarzenegger (1987) o incluso más cerca a la taquillera del año pasado The Hunger Games con Jennifer Lawrence pero Batoru rowaiaru es una cinta de ciencia ficción japonesa basada en un manga de Koushun Takami, sobre un grupo de niños que han sido seleccionados para enfrentarse a muerte durante tres días; medida tomada por la desesperación de los adultos que atestiguan el terrible caso de negligencia y desobediencia al que han llegado los adolescentes.

Lo que puede ser interesante en una novela, no necesariamente se evidencia en las pantallas de la misma forma. Si bien conocemos el manga y sabemos que es de un fuerte contenido erótico, no podíamos esperar exactamente ese mismo tratamiento en las pantallas por parte de Kinji Fukasaku pero de pronto si una mejor exposición de la ultraviolencia manejada en el material, que en mi parecer se quedó corta, o por lo menos trillada por la falta de dirección en su reparto, lleno de sobreactuaciones y melodramas completamente innecesarios.

El primer miedo que se experimenta no es el del cuchillo clavado en la frente de uno de los niños por parte de Takeshi Kitano (el profesor al mando de la misión) sino que al entender el planteamiento de la historia, la conclusión de eliminar a más de cuarenta personajes, en más de una hora y media, puede ser más allá de aburrido y desalentador.

Quentin Tarantino aduce que Batoru rowaiaru (Battle Royale) es una de sus pelis favoritas y se nota su influencia claramente en varios de sus personajes de Kill Bill, así como otros posteriores a La venganza de La Novia, pero Batoru rowaiaru no necesariamente se destaca por lo genial de sus personajes sino más bien por el manejo de su temática «pulp» asociada a un futuro oscuro, decadente y espantoso.

Sin rituales, ni promoción en los medios, los niños son expuestos a su destino con no más que un arma en su maleta y la única guía es un retorcido video introductorio -¿parecido a The Hunger Games?; claro que sí; la diferencia es que en la hollywoodense se exceden precisamente en lo opuesto, la clara exposición en los medios.

Exacerbando el ícono más característico de la cultura moderna japonesa, los niños conservan sus uniformes de colegio y ellos mismos son testigos de la tenacidad de las pruebas hasta sus últimas consecuencias.

Batoru rowaiaru tiene una secuela en 2003, mientras logramos verla, su primera parte puede ser observada en Netflix, en el catálogo norteamericano.

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