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Pablo Larraín vive un fenómeno importantísimo para el cine latinoamericano pero sobre todo para el cine de su país. Afirma que desde hace unos años el cine chileno está de moda y eso es fácilmente comprobable con las tres cintas que se presetaron en Sundance (Crystal Fairy de Sebastián Silva incluso ganó mejor drama del mundo) o el tramo que recorrió su No hasta incluso ser nominada como mejor peli extranjera en los Oscar.

Larraín cierra su premisa con una aseveración muy interesante, y es que ellos como chilenos saben que el tema no va a durar por siempre, son una moda y como moda se acaban, pero que lo van a aprovechar al máximo, tienen muchas cosas que decirle al mundo y no se van a quedar callados. Un poco incendiario su discurso al final de Sundance -extraído en un especial de HBO– pero muy inteligente, cuerdo y de nuevo interesante.

No de Larraín, es distribuida en el país por el empuje de todas las cintas nominadas al Oscar. Es un docudrama sobre la situación chilena a finales de los 80’s ad portas de la abdicación al poder por parte de Augusto Pinochet. La situación es que después de años y años de tiranía, después de todos los asesinatos, las desapariciones y todas las cruentas escaladas del gobierno de Pinochet, finalmente, la comunidad mundial empieza a presionar por la forma en que su administración se tomó y manejó el poder hasta ese entonces. Pinochet en un intento desesperado por mantenerse en el mando, brinda la posibilidad de unas elecciones donde se elija si se queda o se va y permite quince minutos diarios de alocución política para que la oposición manifieste sus preocupaciones.

Por un lado, existe una facción de la población que apoya el régimen que trajo progreso y estabilidad al país; son personas acomodadas, algunos son de ultra derecha, otros son exiliados reinsertados o simplemente personas que han sido amedrentadas, tienen miedo de levantar la frente para decir lo que piensan. Por el otro lado, está la oposición repartida en diecisiete partidos, cada uno con una historia más sanguinaria y más cruel de cómo la tiranía los ha ultrajado; el caso es que no están organizados, cada uno maneja una agenda personal y en su mayoría piensan que las elecciones están acomodadas.

La posición de Larraín es contestaria y denunciante pero audazmente maneja varias herramientas documentales que llaman mucho la atención en la estética y en el fondo de la situación. Lo primero es que el formato de su peli es video de 4:3 tipo Betacam. Fue filmada en su totalidad en formato digital, pasado a Betacam y después para su distribución en 35mm. El tema no es sólo encontrar una apariencia común de la época, gracias a este método él y su montajista, Sergio Armstrong, logran superponer imágenes de archivo con escenas de los mismos protagonistas cómo se ven hoy en día, logrando un contraste increíblemente armonioso. La jugada automáticamente da validez a su testimonio y corrobora la audacia de Larraín para su estratagema.

Las demás herramientas que se desprenden salen de la misma intensión del montaje. La narración no es una línea tradicional sino es el resultado de una serie de planos, cortados y pegados a manera de collage que logran la cohesión de la historia y siguen aportando más y más estructura documental a la pieza. Mientras nos logramos acomodar a este tipo de narración, Larraín se dedica a temas de baja importancia como la consecución del publicista, la estructura de trabajo en la agencia encargada, y así, cuando ya entendemos el formato, la intención del realizador y la estructura de la pieza, nos enfrentamos a las dolencias de la oposición y toda la guerra de desacreditación sistemática del gobierno que ve como poco a poco se le empieza a salir todo de las manos. Pablo Larraín nos hace entender que de alguna forma la administración logró tapar el sol con las manos por mucho tiempo y cuando «El No» alcanzó su espacio, con tan sólo quince minutos logró alterar todo el estatu quo.

No es una gran pieza cinematográfica, valiosa y audaz. Su contenido no es mamertario pero si es muy consecuente con la personalidad denunciante, inconforme y rebelde de su director. La fuerza de su discurso nos esperanza sobre los siguientes proyectos de Larraín sobre todo retomando sus palabras en ese: “…tenemos muchas cosas que decirle al mundo y no nos vamos a quedar callados“.

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  1. 11/04/2013 at 16:01
  2. 21/12/2013 at 08:21

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