The Little Shop of Horrors


En 1986 me ví con mi papá en cine, un musical súper extraño con Rick Moranis, Ellen Greene y Steve Martin sobre una planta carnívora que crecía desproporcionadamente en una pequeña tiendita, sino estoy mal en Brooklyn. Se alimentaba de humanos y entre más crecía sus canciones ricas en soul y rythm & blues se hacían más interesantes y divertidas.

Tenía poco menos de diez años cuando me la vi y refrescó la infancia que venía retorciéndose con The Hunger y Cat People. Unos años más tarde me enteré que esa peli de 1986 era una versión de otra realizada en 1960 y es recordada como una de los primeros trabajos de Jack Nicholson que interpretaba al desquiciado odontólogo. No pude más que llenarme de ansiedad e intriga por esa rara pieza, si la de de 1986 fue fascinante -volví a verla recientemente y es maravillosamente entretenida- la de 1960 debía ser una locura. Después me enteré que la pieza musical era un éxito en Broadway con innumerables ediciones y presentaciones. La traigo a colación por el pequeño ciclo que armamos de la vida en los objetos inanimados.

Gracias a la programación de Cinemax -sobre todo de Max Prime– logré ver las dos versiones. Y la verdad, fue un poquito decepcionante que la pieza en blanco y negro, de 1960 dirigida por Roger Corman, fuera tan errática, con tantos vacíos en la trama y en la actuación. Sin embargo, hay que entender que igual era de bajo presupuesto, que aunque no podemos afirmar que sea un completo grindhouse si fue una de las tantas pelis que rotaron los norteamericanos en los autocinemas y no se tenía por lo tanto altos estándares por cumplir. Respeto mucho las versiones originales porque es esa primera idea la que causa impacto, en un momento específico de la historia sobre todo porque es posible que mediante modernismos y ciertas florituras, los reenlatados nos parezcan de mejor calidad pero al final pueden ser simplemente trucos y espejismos que con el paso de los años caemos en la cuenta que fueron simples ejercicios de la moda, pasajeros y efímeros. Repito, logré ver las dos versiones hace poco, y la cinta de 1986, dirigida nada más y nada menos que por Frank Oz, es un clásico espectacular basado en una idea grandiosa de Charles B. Griffith y vuelta musical gracias a la composición de Howard Ashman. La pieza de 1960 es un requerimiento para los amantes del cine aunque su calidad no sea la más grandiosa.

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  1. 28/12/2011 at 15:01

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